Durante las etapas infantiles el ser humano tiene la capacidad de almacenar y registrar una enorme cantidad de datos sin darse cuenta. Cada niño recibe intensas descargas de datos, envueltos en diferentes ropajes -información, creencias, comportamientos- que se almacenan de forma automática en su disco duro y le van a acompañar durante el resto de su vida.

Para entender cómo es posible que el cerebro de los niños sea tan permeable, hay que conocer la actividad eléctrica del cerebro. Los adultos y los niños presentan diferentes frecuencias eléctricas en los EEG (electroencefalograma) durante las diferentes etapas de crecimiento, que van desde las ondas delta, de baja frecuencia, hasta las beta, de alta frecuencia. En cada etapa de crecimiento, el cerebro de los niños produce fundamentalmente un tipo de ondas cerebrales específicas que le harán más o menos permeable a la información exterior (LaiBow, 1999).

Hasta los dos años de edad los niños operan con unas frecuencias que les permiten almacenar automáticamente enormes cantidades de información, observando y asimilando su entorno. Más adelante, la exposición a la programación externa se reduce debido a la creciente variación de frecuencias. Hoy se sabe que, hacia los doce años, el niño comienza a mostrar frecuencias mucho más altas, como las ondas beta, que le permitirán concentrarse mejor. La máxima atención la tendrá con las ondas gamma.

De modo que, en la etapa de la adolescencia, la mente no consciente ya está llena de información, que será determinante en la estructuración de los patrones fisiológicos y en el comportamiento. A esa edad ya dispone de una base de datos en la que se almacenan programas cuya función se limita únicamente a interpretar las señales medioambientales que recibe, y a activar los programas apropiados, sin formular ningún juicio. Es el disco duro en el que se almacenan las experiencias de nuestra vida.

Los programas grabados son en su mayoría de estímulo-respuesta. De manera, que cuando nuestro sistema nervioso percibe los estímulos exteriores, se desencadena automáticamente la respuesta ya aprendida. Si la primera experiencia fue percibida como positiva, el sistema la reconocerá activando el mecanismo de crecimiento y si fue percibida como negativa, confusa o poco elaborada la tenderá a interpretar negativamente, activando el mecanismo de inhibición, protección y huida. Todo ello muchas veces y de forma automática.

Que estos procesos sucedan sin darnos cuenta tiene una explicación: mientras nuestra mente consciente procesa 40 estímulos por segundo, la mente no consciente procesa 20 millones de estímulos por segundo (Norretranders, 1998).

Por utilizar una metáfora, si fuéramos un avión diríamos que la mente no consciente sería el piloto automático del sistema y la consciente, su versión manual.

La cuestión es cómo optimizar puntualmente la información archivada en el piloto automático y desechar aquello que no nos sea útil, correcto o que nos impida crecer. El objetivo sería funcionar como un avión de última generación, donde podamos dejarnos llevar por el piloto automático durante el vuelo porque sea seguro y su funcionamiento sea impecable, nos de confianza y estabilidad, y también porque disponga de un programa de mantenimiento y puesta a punto continuo, dinámico y ágil, sin planes de ahorro en este punto, y que cuente con un sistema manual gestionado por nuestra mente, que nos deje aterrizar y despegar sin riesgo y sepa que puede intervenir siempre que lo crea necesario.

Ambas mentes, la consciente y la no consciente, deberán cooperar en el aprendizaje de nuevos comportamientos o creencias que, más tarde, pasarán a formar parte del piloto automático. La mente consciente jugará un papel importante en la determinación, integración y organización de dicho conocimiento en la base de datos.

Sin embargo, habrá que estar alerta: la mente consciente es poderosa y puede viajar en el tiempo, hacia delante y hacia atrás, mientras que la no consciente siempre opera en el presente. Nuestra poderosa mente puede tener planes, proyecciones, pensamientos y una imagen de sí misma y del mundo que puede no coincidir con la información programada en su sistema automático, causándonos un estrés continuo que nos hará despegar de nosotros mismos. Esta desconexión o incoherencia entre el sistema automático y el manual creará inmensas tensiones internas de funcionamiento y muchas veces, con el tiempo, se convertirá en un gran obstáculo para progresar en la vida. Estas limitaciones comprometerán todo nuestro sistema, también nuestra salud.

Para poder disfrutar de nuestra aventura en la tierra es necesario estar dispuesto a realizar actualizaciones permanentes y una continua puesta a punto de nuestro sistema. Para ello, tendremos que ser valientes y estar dispuestos a evolucionar en nuestras ideas y creencias, sin aferrarnos a ninguna de ellas y desechar aquellas que nos hagan despegar de nosotros mismos.

Marta Toro

http://menteconsciente.com/funcionar-como-un-avion/

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